Mi historia en psicología (parte1)

Para mi es difícil hacer esta crónica sobre mi experiencia como paciente de la psicología y mas aún como estudiante. No es una historia conmovedora, por el contrario, la encuentro divertida y alocada. Nunca fui partidario de la psicología, fui repetidamente a terapia con diferentes personas y nunca sentí un cambio real en mi vida. Sin embargo, para que puedas entender mi historia en psicología, considero indispensable que primero entiendas mi historia y los motivos por los cuales fui a terapia en repetidas ocasiones.

Mis padres se conocieron siendo muy jóvenes, eran personas muy entusiastas y después de casarse me tuvieron a mí, su primogénito y único hijo varón. Desgraciadamente, a veces creo que mis padres esperaban mucho de su hijo, tenían muchas expectativas; un hijo que jugara futbol, que jugara con carritos, que hiciera la primera comunión y que algún día llevara una novia a la casa. Sin embargo, las ironías del destino son tales, que su hijo resulto ser un pintorcito hippie que eventualmente se enamoró de una persona de su mismo género. Siempre fui una persona muy introvertida, me gustaba meditar, hacer yoga y nadar, nada de lo que un niño común haría. Para mis padres, no creo que fuera fácil entender estas fascinaciones y siento que eso les motivo a buscar apoyo psicológico. No porque no mi amaran, por el contario; no querían que yo sufriera por ser una persona tan diferente.

Alrededor de los cinco años, comencé a ir a terapia, fui con varias personas que me aplicaban los test psicométricos clásicos como el de Rorschach y las pruebas psicológicas sistémicas; “dibújate a ti”, “dibuja a tu mamá”, “dibuja a tu papá”, “dibuja a tu familia”, etc. También me hacían muchas preguntas; “¿a quién quieres más? ¿mamá o papá?”, “¿Qué te gusta y que no te gusta de tu familia?”, “¿Cómo te va en la escuela?” … era algo muy incómodo porque recuerdo que me sentía como si yo hubiera hecho algo malo y por eso estaba allí. Nunca confié en esas personas, no simpatizaba con ellos ni me sentía a gusto hablándoles, eran el tipo de personas que te lo cuestionan todo, haciéndote sentir incomodo. De modo que para mí, ir a terapia suponía perder mi tiempo, porque era como hablar con una persona perfectamente desconocida con quien no simpatizaba en lo mas mínimo.
Estas experiencias me dieron una mala idea sobre la psicología, debo admitirlo. Me sentía como Carlitos, el protagonista de la novela mexicana Batallas en el desierto de José Emilio Pacheco. No entendía porque ninguno sabía como tratarme, no empatizaba con ninguno, yo tenía un modo muy particular y personal de ver el mundo, y estas personas buscaban únicamente encontrarle “tres pies al gato” como se dice. Yo nunca fui un niño problemático, es cierto que había cosas en las que me tenía que esforzar más que en otras, pero ¿qué niño de 6 años no lo hace? nunca me peleaba, quería mucho a mis papas, y les obedecía, ¿para que tenía que ir al psicólogo?
Eventualmente, mis papas se divorciaron cuando yo tenía nueve años, dejando un gran vacío en mi corazón y haciéndome pasar uno de los periodos más difíciles y dolorosos de mi vida, pues mis padres se separaron con rencor y odio el uno por el otro. Estaban tan concentrados en destruirse el uno al otro, que sin piedad nos usaron como palomas mensajeras a mis hermanas y a mí; papa y mi mama decían cosas horribles y calumnias espantosas el uno del otro, y luego, cuando nos tocaba alternar hogares, nos interrogaban para que les dijéramos todo y sacarnos la mínima gota de información. Mis papas incluso nos culpaban de no darles nuestro apoyo, y mis hermanas y yo estábamos divididos en nuestros sentimientos y emociones. Este sistema de las palomas mensajeras duro muchos años, incluso hoy en día cuando vemos a mi papa, mi mama nos pegunta inquisitiva de que hablamos, lo mismo sucede con mi papa. No creas que estoy descargando mi ira reprimida contra mis padres, creo que son personas maravillosas que simplemente no supieron cómo lidiar con lo que estaban viviendo. Éramos una familia perfecta y hermosa (como las que ves en las películas de Disney) que iba a la playa y al cine los fines de semana, jugábamos en la alberca de nuestra casa después de la escuela y jugábamos al boliche los miércoles. Y repentinamente todo eso cambio, como el rayo que golpea la rama de un árbol, todo eso se derrumbó.

Haciendo honor al linaje de mujeres poderosas y fuertes que caracterizan mi estirpe, mi mama nos sacó adelante a mis hermanas y a mí por su cuenta y sin el apoyo de nadie, hasta que eventualmente se casó y nos forzó a mudarnos nuevamente de La Paz B.C.S, donde vivimos toda nuestra infancia, a la CDMX con su nuevo esposo. Nunca me han encantado los cambios, y este no fue uno que asumí con filosofía por decirlo de una manera elegante. Hoy en día, siendo adulto y con los conocimientos en psicología que tengo, puedo decir que yo reconocí que muchas de estas cosas no estaban bien, pero mis hermanas no tuvieron la misma suerte y desgraciadamente, las secuelas de esos episodios horribles están permeando, y permearan, en su vida adulta.

Cuando llegué a esta ciudad, volví a terapia, pero esto solo emporó mi relación con la psicología; no sirvió de nada. Mi terapeuta no tenía idea de cómo me sentía y no me ayudaba en nada. No platicaba, solo iba a dibujar, leer libros, comentar películas y a “hacerme wey”, en términos coloquiales. Si me preguntaban algo, contestaba sí o no, más nada, y yo seguía sintiéndome exactamente igual, y esto continuó por casi dos años y medio. Cuando mi abuela, que era el amor de mi vida, murió, fui ese día a la terapia decidiendo darle una oportunidad y pensando que podría ayudarme. No sirvió de nada, el terapeuta estaba claramente incomodo cuando yo le dije llorando que mi abuela había muerto. Titubeaba cuando me preguntaba cómo me sentía, y al final le dije que necesitaba apoyo y claramente no lo estaba obteniendo de él, ahí terminó todo.

Estaba furioso, no solo estaba enojado. Consideraba a la psicología como una oportunidad de estafa y para nada como un apoyo para las personas. Aunque debo reconocer que algo muy bueno surgió de esas experiencias y es el reconocer que, en la psicología, y en la vida en general, debemos usar el mismo criterio con el que llenamos nuestro carrito del supermercado; lo que queremos y necesitamos, lo ponemos, lo que no nos funciona, lo dejamos en su estante.

¡Wow! Que fuerte ¿no? No creas que todo es malo, aquellas experiencias no funcionaron para mí, pero seguro para otras personas sí. Hasta este momento de la historia, yo tenía un mal sabor de boca con la experiencia psicológica, pero este sabor se suavizó cuando leí a un filosos muy controversial en el ámbito científico que cambio mi vida para siempre, Alejandro Jodorowsky.

Las cuestiones esotéricas, mágicas y holísticas siempre han estado presentes en mi vida, son una parte fundamental de mi existencia, y en aquel entonces yo estaba estudiando tarot y así llegue a Jodorowsky, quien combinaba su aplicación terapéutica del tarot de Marsella, con las teorías psicoanalíticas de Sigmund Freud y Carl G. Jung. Nunca he sido gran partidario de Freud, y debo confesarte que no es una persona a quien a quien admire, sin embargo, como filósofo y figura intelectual, lo considero una de las personas más importantes e influyentes del siglo XX. Con estos dos viejitos canosos, y con Carl G. Jung, quien pensaba en mandalas, arquetipos y oráculos (como yo), comencé a sanar mi relación con la psicología, los tres igualmente criticados por los científicos, pero igualmente importantes y sabios filósofos. Muchas maestras de la facultad me han criticado mi gusto por Jodorowsky, pero yo les digo “solo unas personas controversiales, pudieran despertar el interés en una persona tan controversial como yo”.

Freud (izquierda), Jodorowsky (centro) y Jung (derecha).

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